Pataz - La Libertad, 19 de septiembre del 2018
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“San Francisco” El santo que se quedó sin trono | Por: Fabriciano Vásquez Bailón

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“San Francisco” El santo que se quedó sin trono | Escribe: Fabriciano Vásquez BailónANTECEDENTES
De acuerdo a documentos históricos que he podido rescatar de la ignorancia de algunas autoridades, pues algunos de éstos los encontré en los terrados de las viejas casas o arrumados en algún lugar a merced de la humedad y las polillas, doy fe que la iglesia del pueblo La Soledad (Parcoy-Pataz-La Libertad) se comenzó a construir el 7 de febrero de 1707.

El autor de la iniciativa, el español don Fernando de Ávila y Toledo, Corregidor y Justicia Mayor del Corregimiento de Caxamarquilla, reunió a una veintena de mineros, paisanos suyos, a quienes propuso la construcción de una capilla, pues la del paraje El Tingo, a dos kilómetros cuesta abajo, había sido arrasada por un aluvión en febrero de 1689. Los sobrevivientes del huayco se trasladaron a un cerro contiguo llamado Tayancapata. Allí, a punta de barreta y palana, bajaron el cerro, construyeron cuatro calles, una plaza y lotizaron la zona para viviendas. Habían transcurrido 16 años desde la tragedia y el pueblo católico no tenía lugar apropiado para orar. Hasta aquí un resumen de la historia del templo de La Soledad. Posteriormente fue elevado a la categoría de iglesia a petición de los mineros, unos ricachones con las talegas llenas de oro.

CÓMO NACE LA DEVOCIÓN A SAN FRANCISCO
La iglesia fue construida lujosamente. Sus altares y tronos tallados y revestidos de pan de oro ofrecían una vista imponente. Al frente de la nave se apreciaba a la patrona del pueblo, la Virgen María de La Soledad de Ávila. Años después, un cura, sin comunicar a la feligresía cambió el nombre de la virgen y la rebautizó como Virgen de Los Dolores, y así se le conoce hasta hoy. Había una veintena de tronos y altares. Sus inquilinos estaban listos para ocupar las urnas. Después de la repartición quedó un santo sin espacio, desahuciado. Ese era San Francisco.

Por tal motivo y por falta de devotos, fue a parar a un rincón de la iglesia, hasta que llegó un recio ganadero y agricultor, alto, huesudo, con abundante barba crecida, procedente del fundo Puyguán. Se llamaba Manuel Bailon Coronel. Levantó el velo que cubría la imagen, la ojeó, le gustó y dijo “a este me lo llevo ahorita”. El cura no se opuso, pero con ciertas condiciones, entre ellas que el santo permaneciese en la iglesia hasta el 3 de octubre de cada año y de allí fuera trasladado al fundo, previa entrega de ofrendas que podrían ser un carnero o una vaquita, costales de maíz, papas y “otras cositas que vuestra voluntad mande”. Y así nació la fiesta de “San Pancho” mote con el que popularmente se le conocía. A mi bisabuelo Manuel no lo he conocido. Uno de sus hijos, mi abuelo Feliciano continuó con la tradición de la fiesta de San Pancho.

TRASLADO DE LA IMAGEN A PUYGUÁN
Era impresionante ver el traslado de la imagen de la iglesia a Puyguán, a no menos de seis kilómetros, distancia que se cubre a duras penas, puesto que el cerro tiene una pendiente de unos 70 grados, camino casi no existe, apenas pueden transitar las acémilas. A pesar de las dificultades, una gran cantidad de fieles, casi todos campesinos de las estancias de Guajao, Cabrillas, Pilancón, Achalala, Culebrillas, Alberjapata, Contuyo y otras, bien coqueados y guasqueados (después de beber cañazo), al son de caja y flauta, más reventón de cohetes, subían la empinada cuesta, con don Pancho sobre la espalda de algún devoto.

En la meseta les esperaba la comitiva, así como una veintena de cocineras instaladas tras grandes peroles y ollas de barro llenas de mote de trigo y maíz, papas, ocas y caldo de carne. Había alimento para cien personas y si había más, San Francisco hacía milagro echando agua al caldo. La faena se repetía durante los tres días que duraba la fiesta.

No había nada que envidiar la fiesta rural con las que se celebran en las capitales de distrito. Cada estancia de Parcoy presentaba una estampa folklórica, debidamente preparada durante varios meses, pues la mejor llevaba un premio, que mi abuelo Feliciano le había bautizado como “El Gran Cusay” (cusay es la papa más grande que produce una chacra). Los Huaris de Llacuabamba y las pallas de Pilancón casi siempre llevaban los premios.

La chicha de jora y el guarapo corrían como agua en las gargantas de los agricultores que asistían con sus esposas e hijos. Tampoco faltaba música de flauta y caja, así como el inconfundible violín de don Fernando Saldaña Villanueva. Sin embargo, no todo era diversión, pues un grupo de rezadoras, cada cuatro horas hacía parar la bulla para la liturgia correspondiente. Y don Miguel Cruz, acompañado de su primogénito Nicolás, evangélicos los dos, también se sumaban a la fiesta, mas no para divertirse sino para “llevar la palabra de Dios”. Eran respetuosamente escuchados y respetados y no podía ser de otro modo, ya que eran sobrinos del anfitrión, y don Feliciano Bailon Da’ Cuma-Gonzales era la autoridad. Entre las coplas que escuché y tuve ocasión de recuperar algunas se encuentran a Taita Pancho, de los Huaris:
“Con zapatos no es justo rendirte honor, con los pies calatos es mejor. Somos danzantes con shagshas, mazo y bastón y en nuestro ritmo te decimos nuestra oración”. Y las pallas de Pilancón, un poco adulonas cantaban:
“San Pancho, dadle salud y larga vida a don Feliciano, igual merecimiento a doña Chabelita, ambos con fervor como fieles cristianos, cada año ante ti encienden blancas velitas. Tú y demás santos desde el cielo lo ven, ven su intención humana, ante Dios su amor y fe”.

Se debe destacar el espíritu de solidaridad de aquel pueblo. Es cierto que los Bailon ponían todos los insumos para la fiesta de San Pancho. Sembraban y criaban animales en abundancia, también cazaban en las punas, sin embargo, cocinar para alimentar a más de doscientas personas durante tres días con sus noches, era tarea que no podían asumir. En consecuencia, espontáneamente, se nombraban comisiones para preparar chicha, pan, sacrificar reses, carneros, pelar cuyes y realizar otros menesteres, con mucha anticipación.

La bebida preferida era chicha de jora. Había de tres calidades: La tapada, que permanecía en cántaros de barro, herméticamente enterrados no menos de seis meses, la florcita o chicha fresca como para damas y el shegue, casi el concho. El aguardiente lo llevaban de La Viña, El Huayo, también de los trapiches de las riberas de la laguna de Piás.

UN GRAN ARTESANO
Don Manuel Bailón Coronel era el principal proveedor de bayeta de toda la provincia. Generalmente, el hilado de lana de oveja se hace con rueca, luego se convierte en telas, manualmente. Trabajo tedioso. Sin embargo, don Mañungo, como se le conocía a Manuel, había adquirido un telar mecánico, fabricado con usos de madera. Con esta máquina, no dijo en dónde la compró o el mismo la construyó en base a modelos traídos de España, fabricaba bayetas de hasta plaza y media, las teñía de negro o color nogal e iban a los sastres, es decir, antiguamente, la población era autosuficiente en todo. Comía lo que sembraba y criaba; fabricaba su vestimenta, también se divertía. El confort actual es bueno como también es bueno el culantro, pero no tanto, como dice el refrán.

Me contaba mi abuelo, que Mañungo continuaba tejiendo aun después de quedar ciego, limitación adquirida en la selva por una culebra voladora, que, al desplazarte de un árbol a otro, le propinó un coletazo en ambos ojos. Allí quedó varado durante una semana, sin saber por dónde retornar a Puygúan. Sus hijos fueron en su búsqueda, pero fue su perro Fiel el que le encontró.

TODO TIENE PRINCIPIO Y FINAL
Toda vida e historia tiene principio y final. Esto sucedió con la celebración de la festividad de San Francisco en Puyguán.
El tiempo no se detiene y la historia, aunque sea por arte de magia se escribe para que las generaciones venideras lean lo que con alegría o tristeza se cuenta. Llegamos a la década del cuarenta. Don Feliciano cada vez más anciano, sin fuerzas para trabajar en el campo y en los lavaderos de oro, hasta el telar lo había paralizado, en consecuencia, carecía de recursos necesarios para sufragar los gastos de la celebración de la fiesta de San Pancho.

Supongo que, haciendo mucho esfuerzo, en 1945, fue el último año de dicha festividad, porque el 26 de agosto de 1946, sus padres lo llamaron para que estén juntos en el cementerio de La Soledad, y allí descansa en paz. San Pancho será su abogado celestial y Dios le concederá la gracia, que como buen cristiano lo merece.

La viuda, doña Isabel Saldaña Meza, por más que quería retomar la celebración, su ancianidad y su condición de mujer, no le permitía. Al final, con ese deseo y fe en san Pancho, siguió el camino de su esposo. El 23 de cociembre de 1963, su cuerpo quedó en el cementerio de La Soledad y su alma voló al cielo, en donde estarán juntos los devotos de san Pancho.

El hijo que lleva el nombre del santo, con la muerte de sus padres cambió de lugar de domicilio, de Puyguán a Pampa Grande; allí vivía solitario, nadie se acordaba ni de su onomástico. Murió a los 104 años de edad. Así llega a su fin la historia de la celebración de la festividad de San Francisco en Puyguán.

Este episodio es poco conocido, pero fue una de las mejores fiestas religiosas que se celebraban en una estancia de Pataz en honor a un santo patrón, sin embargo, los que solo nos falta pocos meses para cumplir noventa años, lo recordamos como si fuera ayer. De esa edad, lamentablemente solamente quedamos muy pocos, los dedos de una mano sobran para contarlos.

De manera especial, con sincero cariño dedico este relato a mi querido primo hermano MARIANO BAILON PINEDO con motivo de su onomástico, el dos de diciembre.
Cariñosamente Fabriciano Vásquez Bailon
(02-12.-2017)

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